martes, 20 de marzo de 2012

Solidaridad y subsidiariedad



Tal como nos enseña la  doctrina social de la Iglesia, el principio de subsidiariedad y la solidaridad se encuentran intrínsecamente vinculados entre sí. Sostener su complementariedad teórica y práctica es un acierto innegable.

Que los hombres nos encontremos investidos de dignidad implica que somos seres racionales, libres y responsables. Por lo mismo, una iniciativa privada que, consciente de la dignidad de la persona humana, busque la obtención del bien común, solo podrá tener el espacio de libertad necesario para su accionar, en un Estado que no le imponga limitaciones o restricciones injustificadas. Desconocer lo anterior podría traducirse en un perjuicio directo al principio de subsidiariedad y en un desconocimiento de la dignidad humana, particularmente de su capacidad de raciocinio y de su libre albedrío. Podemos comprobar el planteamiento anterior al analizar algunos ejemplos del sistema educacional chileno.

La existencia de cuerpos sociales intermedios ligados a actividades académicas ha permitido un mayor acceso a la educación secundaria y superior, y un incremento en las oportunidades de ascenso social. Que miles de jóvenes de todo el país se encuentren actualmente estudiando es consecuencia del esfuerzo solidario entre el Estado, la familia (como núcleo fundamental de la sociedad), y las universidades, colegios e institutos profesionales.

Hasta 1981 había sólo ocho universidades en Chile. La entrada en vigencia de la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza no solo permitió la creación de nuevas universidades sino que terminó con la estructura monopólica hasta entonces vigente que era incompatible con el principio de subsidiariedad y con la solidaridad.

En la carta encíclica Caritas in Veritate, Benedicto XVI nos habla de la existencia de empresas que actúan a partir de una perspectiva no solamente orientada a la obtención de ganancias patrimoniales, sino que también con un sentido de la responsabilidad social. En nuestro país, y en materia de educación, ello queda de manifiesto al ponderar los innumerables proyectos que, movidos por el interés de entregar educación de calidad, han surgido en el seno de las sociedades privadas. Pensemos a modo de ejemplo en aquellos colegios de financiamiento compartido que han implementado modelos fructíferos e ingeniosos de aprendizaje y que se encuentran en zonas marginales. El Estado debe abstenerse de imponer restricciones excesivas e irreflexivas a aquellas asociaciones humanas.


En conclusión, Chile ha logrado una cobertura completa en educación secundaria y un alza importante en el acceso a la educación superior. Gran reconocimiento merece la intervención de las entidades sociales más pequeñas que actúan por iniciativa propia en materia educacional. Pero aún quedan muchas necesidades pendientes de transformación. Ellas serán posibles con el tiempo en la medida que el principio de subsidiariedad y la solidaridad sigan entendiéndose de forma recíproca y en mutua conexión.


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