domingo, 7 de julio de 2013

Un adelanto del Cielo


Recién volví de un retiro espiritual para estudiantes escolares y universitarios realizado en San Diego, cerca de Melipilla. Durante una de las meditaciones que tuvimos, el sacerdote que nos acompañaba nos relató la historia de un joven universitario, una historia verídica, que me conmovió por completo y que quise compartir a través de este medio. Esta es la historia:

"Ocurrió durante un mes de voluntariado en las vacaciones de verano.

Cuando llegamos a Nairobi, Kenya, nos preguntábamos cómo nosotros, chicas y chicos inexpertos universitarios, podríamos ayudar en aquella África sucia, polvorienta y calurosa. Quizá arreglando tejados, pero no teníamos experiencia en construcción. Ayudando en un hospital, pero no éramos enfermeras ni médicos. Quizá pintando un colegio, pero no sabíamos de pintura. Lo que sí teníamos claro era nuestra intención de darnos totalmente a los demás. Sin embargo, recibiríamos mucho más de lo que logramos dar. Tuvimos la suerte de entrar en contacto con el Tercer Mundo, a través de un alojamiento para niños moribundos de las Hermanas de la Caridad de Nairobi, Kenya.

Todos entramos en aquella casucha, un tugurio sin muebles con poca luz. Contrastaban las hamacas llenas de niños enfermos y lloriqueando con los limpísimos trajes talares blancos y azules de las Hermanas de la Caridad, que rebosaban alegría. Yo me quedé bloqueada, en mitad de la habitación. Nunca había visto nada así. Mis compañeros universitarios se esparcieron por las estancias, siguiendo a distintas monjas que requerían su asistencia.

Una hermana me preguntó en inglés: "¿Has venido a mirar o quieres ayudar?". Sorprendida por tan directa pregunta y en estado de sopor, balbuceé: "A ayudar..."

Me dijo entonces: "¿Ves a ese niño de allí, el del fondo que llora?". Lloraba desconsoladamente, pero sin fuerza. "Sí, ése" -le dije señalándolo.

-"Bien: tómalo con cuidado y tráelo. Lo bautizamos ayer".

Lo noté con una fiebre altísima. El niño tendría un par de años.

-"Ahora tómalo y dale todo el amor que puedas" -me dijo.
- "No entiendo ..." -me excusé.
- "Que les des todo el cariño de que seas capaz, a tu manera". Y me dejo con el niño.

Le canté, lo besé, lo arrullé ... dejó de llorar, me sonrió, y se durmió. Al cabo de un rato, busque llorando a la hermana y le dije: "Hermana, no respira".

La monja certificó su muerte.

- "Ha muerto en tus brazos ... y tú le has adelantado quince minutos con tu cariño el amor que Dios le va a dar por toda la eternidad".

Entonces entendí tantas cosas: el cielo, el amor de mis padres, el amor de Jesús, los detalles de afecto de mis amigas y amigos ... Mi viaje a Kenya supuso un antes y un después en mi vida. Ahora sé que todos tenemos Kenyas a nuestro alrededor para dar amor cada día".


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