lunes, 31 de marzo de 2014

Pero..., ¿qué leer?


A continuación les transcribo una columna de Braulio Fernández Biggs, Director del Instituto de Literatura de la Universidad de los Andes, que fue publicada dos años atrás en un diario de circulación nacional, bajo el título: "Pero... ¿qué leer?" 

"En las últimas semanas, en este diario se ha desatado con razón la importancia crucial del desarrollo de hábitos de lectura en los estudiantes, lo más temprano posible.

Resulta incuestionable, dada la evidencia científica actual, la estrechísima relación entre realidad, lenguaje y pensamiento. El conocimiento y manejo de una lengua no sólo nos permite comunicarnos, sino, casi más importante aún, comprender la realidad que nos rodea; aprehenderla y -maravilla de maravillas- "pensarla".

En principio, cualquier texto ayuda en esta dirección. Mal que mal, leemos siempre, o casi siempre: en la calle, el periódico, la cocina, los medios de transporte e incluso Internet.

Pero hay otro tipo de lectura -o de texto, mejor dicho- que no sólo nos informa o avisa, sino que nos permite, ensanchando los horizontes de nuestra conciencia, abordar las preguntas fundamentales: quiénes somos, de dónde venimos, hacia dónde vamos. Me refiero a los textos literarios, a la literatura, a ese arte que imita la condición humana con la palabra, la "fonación que significa" como explicó Aristóteles en su "Retórica".

Desde Homero hasta, digamos, John Banville, la literatura (en todas sus formas: lírica, narrativa, dramática) se ha ocupado precisamente de aquello: ser, a la vez, reflejo e intento de comprensión de lo que somos. De cuál sea el misterio de nuestra insondable naturaleza. Del bien y del mal que hacemos. De lo bello y lo triste, lo pequeño y lo grande, lo temporal y lo eterno...

Desde Homero hasta acá, encontramos en la literatura (excluida la religión) el mayor esfuerzo humano por explicarse, y además con belleza. Así las cosas, si de promover la lectura se trata, no da lo mismo qué leer: resulta imprescindible volver la atención y esfuerzos hacia el gran acopio de pulchrum escrito que tenemos por casi tres mil años. Lo grandioso de ello es que, como diría T.S.Eliot, desde entonces la literatura no ha tratado de cosas nuevas, sino de las mismas cosas "en forma nueva". Es un "stock acumulado" que se lo quisiera cualquier emprendimiento.

En suma, el desafío que tenemos por delante -más bien la maravillosa aventura- consiste en leer y "leernos". Todo está allí, al alcance de la mano: Homero, Sófocles, Virgilio, Dante, Shakespeare, Cervantes, Dostoievski, con sus antecedentes y consecuentes. Aunque salvada una condición esencial: que la experiencia literaria sea -pues necesita serlo- plena, libre, gozosa, y no un procedimiento burocrático, sujeto -vía interrogaciones espurias- a evaluación y calificación. El goce literario, como toda experiencia estética y humana, nos permite avanzar. Y no sólo porque mejoramos el nivel de uso del lenguaje, sino primeramente porque crecemos como personas. En cierto modo, al leer otras vidas aprendemos cómo es posible vivir mejor la propia".

Fuente: El Mercurio (Domingo 19 de febrero de 2012)

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