viernes, 8 de agosto de 2014

Miedo a los clásicos


Comparto nuevamente en este blog una columna de Braulio Fernández Biggs, Director del Instituto de Literatura de la Universidad de los Andes. Fue publicada el 31 de enero del 2013 en el sitio web ChileB y se titula "Miedo a los clásicos":

"El miedo a los clásicos sólo puede basarse en cuestiones formales: su materia es lo que los ha transformado en lo que son. Por lo demás, las formas son lo que primero y más fácilmente se supera, porque en definitiva se aprende a apreciarlas: el contenido resulta imperecedero. De ahí lo “clásico”.

Pues “clásico” no es el estilo en que el anónimo autor de El Cid lo escribió, sino aquello sobre lo que escribió. Nadie escribiría hoy como Shakespeare, pero sus obras resultan brutalmente contemporáneas. Es cierto que a un Aston Martin lo clasificamos de clásico, pero porque sus formas, hoy pasadas de moda, encierran un concepto: “Power, beauty and soul”, dice su publicidad.

Asimismo con la literatura. Los modos de Homero, Dante o Dostoievsky han pasado de moda, pero no así sus temas; que nos siguen inquietando, cautivando y, por cierto, interpelando. Son muertos que nos hablan de un allá muy lejano y frío –como el fantasma de Hamlet–, pero cuyas noticias no pueden estar más frescas.

El desafío, entonces, es “romper” con las formas, atreverse con ellas. El cine es un gran ejemplo: de buenas a primeras, las películas de Chaplin nos parecen piezas de museo; pero no bien nos acostumbramos a su lenguaje, a su factura y a sus timbres –no bien comprendemos y enganchamos con sus códigos– aquello que tienen que decirnos resulta asombrosamente actual. Y propio. E intenso.

Ya T.S. Eliot señaló, en su crucial ensayo “Tradition and the Individual Talent” (1920), que ante toda gran obra de arte experimentamos simultáneamente una sensación de “pastness” y “presentness”. O sea, y en versión libre, de “pretereidad” y “presenteidad”.

La Ilíada de Homero es un buen ejemplo: desde el hexámetro dactílico hasta la visión de mundo de aqueos y troyanos, pasando por sus costumbres, religión, arquitectura, tácticas y armas de guerra, usos culinarios, etc., sí, todo eso es muy viejo. Nos queda demasiado lejos. Pero cuando Príamo abraza llorando las rodillas de Aquiles en el canto XXIV para pedirle el cadáver de su hijo Héctor, y Aquiles también llora, la sensación de “presenteidad” es total. En ese episodio –como en tantos otros del poema– el arte ha roto las barreras del tiempo. Y es que una de sus virtudes ha sido, desde el origen de los tiempos, contener lo humano. Ser un vehículo de comprensión de lo que somos. Excluida la religión, la literatura ha sido el mayor esfuerzo humano por comprender y comprenderse.

Claro, se dirá, la materia no está sin la forma, pues es en ella donde aquella “verdad ficcional” se articuló o, mejor, configuró. El arte es forma. Cierto, innegable, verdadero. Eso “humano” que el arte contiene es “en” la forma. El problema es que si seguimos tratando a nuestros estudiantes como tarados mentales, es decir, impidiéndoles que lean El Cid completo y sin paliativos “porque su forma es muy difícil”, seguiremos negándoles la sal y el agua. Probablemente, y en el mismo sentido, ver hoy una película de Buster Keaton sea “muy difícil”. Pero, para los chicos de hoy, también lo es el jazz, el skiffle, el rock sinfónico de los ‘70 y hasta las canciones de Pin Pon. Y es que están muy lejos… Pero, al mismo tiempo, siguen poseyendo toda la cercanía de la “realidad concentrada”, atributo de todo arte.

Por lo demás, la forma artística es con lo primero que uno se familiariza. La lectura de Don Quijote es la mejor prueba: por mucho que “cueste” al comienzo, el estilo de Cervantes termina embrujándolo a uno…"

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